lunes, 20 de abril de 2009

Crónica de otra realidad

Nadie lo entendía...y claro, lógicamente resulta mas fácil despreciar a la gente de bajo estrato social –como él-, que ponerse a meditar como hubiese sido la vida de uno naciendo y criándose en tan precarias condiciones. No ponerse en el lugar del otro, no pensar...la ley del menor esfuerzo. ¿Cómo sería yo, si mi niñez, adolescencia y ahora juventud se hubieran desarrollado de otra manera? Por ejemplo, algo tan simple como una cena, hecho de la vida cotidiana: en el mejor de los casos comería un mínimo plato de fideos. O tal vez buscaría comida en contenedores de basura, de restaurantes de comida rápida de famosas cadenas multinacionales...todo esto, en lugar de estar en mi casa, pidiéndole a mi mamá que cocine milanesas, o carne al horno, o lo que mas me guste. Mis papás no hubiesen tenido la posibilidad de elegir entre varios colegios al cual yo pudiera asistir, así como tampoco la chance de pagar por mi educación, ni por la de mis hermanos.
Crecería con cierto resentimiento hacia la sociedad, producto de un sistema inequitativo y egoísta que le da la espalda a la mayor fracción de la población. La parte pudiente de la comunidad, fomentaría la idea de que mi situación es el único resultado de mi incompetencia personal y la de mi familia, lo cual aumentaría mi angustia y frustración.
Cada día que pase sería algo monótono y a la vez nuevo: la rutina, vagar por las calles intentando conseguir lo básico, y por otro lado, ideas que cada tanto penetrarían en mi mente, respecto de un futuro mejor o un cambio drástico, aunque desaparecerían de mi cabeza instantáneamente, en el momento que yo decida “poner los pies en la tierra”.
Intensa indiferencia me rodearía, tan potente, que hasta podría sentirla en cada bocanada de aire, llegando a mis pulmones y haciendo un nudo en mi garganta. Y así me sentiría constantemente, sin importar más nada. Mis acciones tendrían tan poca sensatez como la idea de una realidad distinta. Podría arriesgar absolutamente todo, sin que signifique demasiado, porque no tendría nada que perder. El miedo no me frecuentaría, pero paradójicamente sería transmitido hacia los demás a través de mi mirada, el sentido con el que más me comunicaría con el mundo.
Al crecer así, resultaría obvio no entender lo que se define como “principios morales”, al mismo tiempo que los demás simulan no ejercer la comprensión, lo cual, -dada su realidad- no tiene justificación alguna.
Con el tiempo el sufrimiento se agudiza, y se vuelve tan profundo, que es imposible intentar visualizarlo, y mucho más describirlo con palabras, ya que no existen recursos literarios suficientes para caracterizar este dolor, pena, angustia, tormento, daño, martirio, padecimiento. Un dolor que carece de temporalidad, de principio y de fin porque es anterior a su nacimiento y posterior a su muerte. Se transmite por generaciones enteras, es el legado que nadie quiere heredar, pero que es inevitable.